Capítulo
XIV
Hambre
Los hombres mataron al león, se pusieron sus garras al cuello como muestra de su poder y valentía y el jefe exhibió su piel en la cabaña. Pero las garras, los colmillos y la piel del león no dieron de comer a Tari. Y la Roca pasó hambre aquel invierno.
Durante el tiempo en que los felinos camparon a sus anchas por el territorio, las expediciones de recolección y caza se redujeron al mínimo y todas las energías de la manada humana se emplearon en intentar acabar con ellos y conseguir volver a dominar su cazadero. Cuando finalmente lo consiguieron, el invierno se les estaba echando encima y apenas habían conseguido acumular provisiones para poder afrontar la estación más hostil y en la que más dependían de lo que habían logrado almacenar cuando la naturaleza les era más benigna. Es más, y aún peor, se habían estado manteniendo en buena medida de las reservas, y cuando debían de tener los almacenes a rebosar, no sólo estaban a medias, sino incluso casi vacíos como cuando ya empezaban a otear los horizontes pensando en la llegada del buen tiempo. Y ahora tenían por delante todo el malo.
El poblado entero se lanzó, pues, a una frenética búsqueda y acopio de alimentos. Escaseaba el tiempo. Los hombres y las mujeres miraban los depósitos y los colgaderos donde en otro tiempo rebosaban las tiras de carne y de pescado puestas a ahumar, así como las frutas, las bayas, los tubérculos y hasta algunos granos comestibles, y dirigían luego la vista al cielo, que día a día se volvía más sombrío y ominoso, y a un sol que cada vez se asomaba menos tiempo sobre la tierra y se acostaba rápidamente entre jirones de nubes frías.
Las mujeres y los niños salían al amanecer y recorrían una y otra vez todas las costeras de las fuentes, las márgenes del río y los regatos que desde las faldas del monte hasta él bajaban. Recolectaban todo aquello que pudiera ser comestible al tiempo que diseminaban por cualquier lugar propicio toda suerte de trampas, losas, lazos y redes para conseguir atrapar conejos, liebres, perdices y cualquier tipo de pajarillos. Todo lo que podía servir para capturar un ave, un mamífero o un reptil se puso en funcionamiento y cada día se revisaba con ansiedad. El tiempo se les escapaba. Aunque todavía, y en compañía en este caso de todos los hombres, sí pudieron aprovechar algo de los desoves de las truchas y salmones y, dirigiéndoles con pequeñas presas y azudes, capturarlos con nasas y redes o lograr alancearlos con arpones dentados de hueso. Pero en el verano no habían hecho la gran provisión de barbos, bogas y cangrejos que acostumbraban, y a pesar de todo el esfuerzo, cuando acabó la freza, comprobaron que apenas si habían logrado la mitad de provisiones que en otras temporadas pasadas.
Algo peor les pasó a los cazadores. La temporada cálida era la mejor para ellos. Era entonces cuando abundaban las presas y era más fácil cazarlas, especialmente en los aguaderos. Incluso habían desaprovechado casi por completo el celo y tan sólo quedaban restos tardíos del mismo en los ciervos y, si ascendían a las montañas, en los íbices.
Alrededor de la hoguera decidieron en grave y preocupado consejo que en vez de cazar juntos se dispersarían tratando de abarcar todo su territorio y aprovecharlo al máximo. Juntos sólo se enfrentarían a una gran cacería de venados sacando partido del final de la berrea, cuando los machos recogen los rebaños de hembras para cubrirlas y pelean entre ellos. Tras ella, los cazadores, divididos en parejas los más y algunos solos, intentarían conseguir la cantidad máxima de carne, estando las mujeres prestas a ir a recogerla cuando los hombres no pudieran acarrearla toda. Confiaban mucho en la ayuda de sus lobos y se levantaron del fuego un poco más reconfortados.
Pero la caza no les fue propicia. Ni a ellos ni a sus lobos. El invierno parecía venirse rápidamente encima y en todas las señales del cielo y de la tierra se adivinaba que iba a ser particularmente crudo. La batida contra los venados se saldó con escaso aprovechamiento, y si no fue un fracaso absoluto, hubo que agradecerlo a los lobos, que lograron espantar hacia los lanceros un pequeño pelotón de hembras y cobrar ellos por su parte todavía un par de gabatas. El resto rompió el cerco y huyó.
Algo mejor suerte corrieron los cazadores diseminados. Sobre todo fueron fructíferas las expediciones del joven con sus lobos. Los cuatro que le acompañaban, los dos adultos y los dos lobatos de casi dos años, le convirtieron en el cazador que más presas aportó al poblado. Asomaba en cualquier altozano y su voz era saludada con alborozo y las mujeres salían a la carrera para prestamente destazar y acarrear las piezas conseguidas. Incluso logró no tener que ser ni siquiera él mismo quien se llegara a la vista de la Roca. Adiestró a uno de los lobos jóvenes para que lo hiciera. El animal llegaba a la cabaña y la mujer joven, ya sobre aviso, sabía que, junto a las demás, debía seguirle hasta el lugar de la matanza. A veces el joven de Tari ni siquiera estaba allí, sino recechando ya otra presa.
Pero todo el esfuerzo no alcanzó a llenar las despensas. Algo habían conseguido, y si el invierno hubiera sido más suave, quizás hubieran logrado superarlo mejor. Pero aquel invierno fue el más duro que muchos habían conocido. La ventisca comenzó casi de repente, tras un día que parecía cálido y soleado, y se enseñoreó del espacio y de continuo enturbiando por completo todo horizonte. Los vientos fueron atroces, los ventisqueros hicieron imposibles las salidas y la nieve se amontonó por todos lados. Era tal el frío que hasta les alcanzó una esperanza. Tal vez volvieran los renos que antes cruzaban. Pero los renos no vinieron ni se vio señal alguna de ellos. Algunos cazadores propusieron adentrarse en la estepa en busca de algún gran rebaño. Pero la intentona acabó en un total fracaso. Regresaron exhaustos y casi congelados y sin haber conseguido no sólo abatir ni una sola pieza, sino divisar siquiera una manada.
Para colmo, un problema más vino a añadirse. Acuciados por hacer provisión de alimentos, habían descuidado la de la leña y cuando se quisieron dar cuenta la nieve lo cubría todo y era ahora necesario hacer acopio de ella. Fue un trabajo agotador, pero por fortuna los bosques cercanos eran pródigos y aunque aquello mermó más sus fuerzas —desenterrar las ramas bajo el manto helado y arrastrarlas hasta Tari resultó en extremo penoso—, lograron finalmente conseguir una buena reserva y al menos no faltó el calor en las cabañas.
El poblado aguantó dos lunas con las reservas obtenidas. Luego vino el hambre. Mucha hambre. Murieron niños. Murieron ancianos. Los cazadores desesperaban. Intentaban cada día salir, pero la ventisca lo impedía. Al final algunos se arriesgaban a morir fuera con tal de regresar con algo de carne. El joven de Tari fue el más osado. Con el Blanquillo, la loba y los dos jóvenes logró un día matar una jabalina y algunos de los jabatos de su piara. Pero él también perdió a uno de los lobos pequeños. La cochina le hirió en la parte alta de la tripa y el lobato salió despedido por el aire. Pare ció que la herida no sería demasiado seria —las jabalinas no tienen los colmillos tan grandes como los machos—, y el joven lobo pudo regresar a la cabaña. Pero, mucho más profunda de lo que imaginaban, había llegado hasta el pulmón, se infectó por dentro, supuró y el lobo murió a los pocos días. Los niños, que ya eran tres —el más crecido de la hembra mayor y dos de la joven, uno aún mamando—, lloraron la muerte de su compañero de juegos. El joven hombre de Tari no quiso desollarlo. Tampoco tiró su cadáver desde lo alto de la Roca, pues aunque el no lo comería, entendió que quizás otros quisieran aprovecharlo. La hembra vieja le regañó por ello y acabó su rezongar diciendo que al menos habría una boca menos que llenar en la cabaña. Poco imaginaba ella que la suya iba a ser la siguiente en cerrarse. Tal vez comió de la carne infectada del lobo, tal vez el frío, tal vez una tos que hacía tiempo que no la dejaba. Murió. Fue una más de a las que aquel invierno dieron tierra en la caverna de los chamanes.
El invierno seguía arreciando, y el joven de Tari supo que permanecer inmovilizado en la Roca significaba la muerte. Por eso salió de nuevo. Comprobó la comida que quedaba para la hembra y los tres niños. Lo dejó prácticamente todo y él casi no se llevó provisiones. Se equipó todo lo bien que pudo, incluso con aquel sobretodo que la hembra joven había hecho con juncos entrelazados y que protegía de lluvia y nieve haciéndoles resbalar antes de penetrar la zamarra y las perneras. Se puso abundante paja en el calzado para intentar mantener en lo posible los pies secos y se lanzó a la intemperie seguido del lobo que le quedaba en Tari. Abajo no tardó en unírsele el Blanquino, y entrevió en medio de las ráfagas de la cellisca que la arisca loba también le seguía.
Dudó mucho hacia dónde dirigirse. Descartó la estepa. Un cazador solo, aunque fuera con lobos, no tenía posibilidad alguna contra los rebaños. Renunció a los llanos en alto, totalmente batidos por la ventisca. Las faldas del Tallar y de las fuentes eran, junto con las márgenes del río, las más favorables, pero entendió que podían ser más propicias y cercanas para otros cazadores. Pensó en el cañón, refugio del viejo leopardo que habían abatido, que ofrecía un buen resguardo, y seguro que allí podría encontrar algo de caza. El problema era cómo lograr alcanzarlo y regresar después con la carga. Confiaba en que la ventisca le ofreciera al menos un respiro.
Pareció dárselo a la ida. La fuerza del viento amainó y dejó de nevar. Pudo ver incluso el sol y con su luz escoger mejor el camino. Costaba mucho avanzar con la nieve acumulada y envidiaba a los lobos, que apenas se hundían en ella. Él, a pesar de las raquetas de madera, tenía que hacer un enorme esfuerzo para caminar. Pero tras dos días logró llegar a las juntas de su río con el del cañón y comenzó a remontarlo. Nada más penetrar en él, la oscuridad volvió a los cielos y la nieve retornó a caer con furia empujada por un viento helador. Pero, por fortuna, en las paredes de roca se abrían pequeñas oquedades, mínimas cuevas que le permitieron encontrar refugio. Pero cada día tenía que seguir ascendiendo río arriba.
Por eso, su máxima preocupación, cada noche, era lograr encender fuego y encontrar alguna pequeña gruta o algún resguardo. Para ello y en esta ocasión utilizaba el pedernal y la piedra negra. En una taleguilla llevaba provisión de hongo yesquero, hebras de jara y estopa y algunas pajas secas para lograr prender la primera llama. Luego se afanaba en protegerla entre piedras y en alimentarla cuidadosamente primero y más tarde con todo lo que pudo encontrar. Cuando al fin la llama mordía las entrañas de la madera, el hombre se quedaba largo tiempo viendo cómo por las puntas de los trozos que ardían salían espumarajos. Siempre sucedía así si la madera estaba verde o, como en este caso, empapada. Pero el luego triunfaba siempre y él dormía a su lado y a cobijo. Los lobos se enroscaban en un somero hoyo que hacían en la nieve y no parecían tener molestia alguna con el frío. Por la mañana apenas se veía de ellos el morro y el vaho de su respiración y cuando se incorporaban lo hacían sacudiéndose el montón de nieve que les había caído encima.
En el cañón encontraron más abrigo y la fortuna hizo que el hombre pudiera cazar con una red un par de fochas. Se sorprendió de ver también alguna garza. El río estaba en su mayor parte helado, pero había ciertos lugares donde sólo lo cubría una mínima lámina o incluso se veía el agua. Sin duda, el sitio era un buen refugio, disponía de abundantes abrigos —muchas cuevecillas se abrían en sus paredes— y confiaba en no tardar en tener suerte y lograr conseguir alguna pieza grande. Los lobos dieron con una carroña semihundida en el hielo y la aprovecharon.
Tardó algún tiempo, pero la suerte acabó por sonreírle. Logró matar primero una hembra de corzo cuyas huellas había detectado en la nieve. La aguardó pacientemente, y el animal, fiel a su querencia, se puso al alcance de su venablo. La desolló y descuartizó, dejando una buena parte ya empaquetada en el morral y fue consumiendo el resto para alimentarse junto con sus animales. Quería conseguir una pieza más y retornar al campamento. El tiempo, además, parecía estar de nuevo mejorando un poco. Si era otro corzo, podría cargar con todo. Si era un ciervo, cogería lomos, magros y jamones y el resto se lo dejaría, hasta que se hartaran, para los lobos. Pero fueron en realidad ellos quienes capturaron un gran venado. En terreno normal se les hubiera escapado sin problemas, pero en la nieve el animal se hundía casi hasta la tripa, y cuando el hombre de Tari llegó al lugar, sin resuello y sofocado, tras ellos, ya lo tenían cercado. El venado les plantaba cara en un recodo, con la pared del cañón guardándole la espalda. No contaba con el hombre. Cuando lo vio, quiso huir hacia un costado y hasta logró alcanzar el río. Pero debió de resbalar en el hielo o fue el Blanquino quien, con su salto, logró derribarlo. El hombre corrió con la lanza y se la hundió en el costillar, sin soltarla.
Los lobos comieron hasta hartarse y el hombre, aquella noche, ante el fuego, también lo hizo. Luego se dispuso a iniciar el regreso. El sol volvía a lucir a intervalos, y cuando dejó atrás el cañón de las garzas —aquellos días había comprobado que allí parecían refugiarse muchas de ellas—, lo hizo con el corazón muy alegre, deseoso de llegar hasta Tari con aquella ración de carne que alimentaría a su familia e incluso podría dar alguna a quien más la necesitara en otros fuegos.
Durante las lunas pasadas uno de aquellos destinatarios había sido preferentemente su madre, a quien veía consumirse con honda tristeza. Su hombre, el jefe, era un buen cazador, pero sus fuerzas habían fallado aquel invierno y la visita del hijo a la cabaña hacía que aquella boca maternal de dientes desgastados, por tantas pieles masticadas, se abriera en la más cálida de las sonrisas. El joven de Tari soñaba ahora con ese gesto en la cara de su madre y con el alborozo de su hembra en su propia cabaña.
Fiado en que el día parecía claro, se decidió por el camino más corto. Remontó desde el cañón a los llanos de arriba y en línea recta se dispuso a caminar hacia la Roca. Llegaría por las cuerdas hasta encima del Tallar y desde allí en poco tiempo se descolgaría hasta su poblado.
El vendaval se abatió sobre él poco antes de que anocheciera. Lo sorprendió en campo abierto, lejos de cualquier afloramiento rocoso o cualquier cornisa. No pudo más que recurrir a un pequeño chaparral para resguardarse. Tuvo muchas dificultades para lograr mantener vivo el fuego y al amanecer se le apagó. Decidió no volver a encenderlo y continuar adelante a pesar de la tormenta. Comió y dio de comer a los lobos y reemprendieron la marcha. Los lobos, bajo las ráfagas de viento, parecían caminar seguros, como si para nada les molestara. El hombre, dentro de su sufrimiento al avanzar, se gratificaba en aquello y además confiaba en ellos, en que le trazaran la ruta y no se desviaran del rumbo. Y así parecía ser. Los lobos avanzaban y, aunque con enormes dificultades, el hombre también lo hacía.
A mediodía pareció amainar y, al cabo de un rato, hasta paró de nevar. El viento se calmó. El hombre pensó que la Roca estaba definitivamente a su alcance. Fue cuando les alcanzó la niebla. Comenzó a bajar sobre ellos, a envolverlos. Al principio casi no se dieron cuenta y de repente estaban metidos dentro de la bruma, marchando a tientas. El hombre se sintió perdido y miró a sus lobos. Pero éstos también parecían ahora desorientados. De hecho, se venían hacia él y avanzaban desconfiados, trazando pequeños arcos y círculos. Los lobos habían perdido el rumbo con la niebla. Y la noche estaba encima.
Luego todo se precipitó. El viento, la nieve y un frío helador volvieron de golpe. El hombre ya no podía, con una oscuridad tenebrosa rodeándole, ver a dos pasos. Intentó encender fuego, pero no encontraba leña alguna. Tan sólo matojos mojados. Fracasó una vez tras otra. Tropezando, encontró un mínimo resguardo. Apenas un pequeño montón de algo en la llanura helada. Allí se dejó caer. Iba a morir, y lo sabía, antes de que llegara el alba. Lo había oído de muchos cazadores sorprendidos por la tormenta. No llegaría nunca a Tari, de nada servía su carne en el macuto. Se iba adormeciendo. Quería levantarse, pero su cuerpo le decía que descansara un poco primero, que luego intentaría encontrar algo de leña, pero que ahora cerrara los ojos y recuperara fuerzas.
Iba a rendirse cuando notó el contacto de una piel a su lado. Era el Blanquino. Venía hacia él y se apretaba a su costado. Se revolvió hasta hacer un pequeño hoyo en la tierra. El hombre comprendió de golpe. Llamó al otro lobo joven y lo puso al otro lado. El animal se enroscó también apretado al joven de Tari. Incluso la arisca loba se agregó al montón, aunque, si el hombre rebullía, gruñía enseñando los dientes. La tormenta siguió toda la noche, pero al amanecer el hombre de Tari estaba vivo. Y aquella tarde alcanzó la Roca. El calor de sus lobos lo había salvado.
El gemido del invierno
Pareciera que el sol no volverá a calentar más el corazón del hombre. El invierno, largo y agarrado a las entrañas de la tierra helada, se resiste a soltar presa. Suele tenerse al otoño por el tiempo de la melancolía, pero es el invierno el lugar propicio de la muerte, el frío y el abandono.
Su mejor voz es el silencio. Es quien lo define y quien acompaña el lento caer de los copos de las nevadas. Pero también tiene sonidos el invierno, y si hubiera que buscar uno que los compendia a todos es el gemido.
Gime el aire, gimen los árboles, he oído gemir quedamente a la propia tierra, cuarteándose aterida, y el agua, el dulce agua de la vida, tiene otra diferente manera de transitar por ríos y arroyos, y donde antes susurraba en su camino ahora parece resentirse de tristeza. Y en los lagos y lagunas esa tristeza se hace incluso lamento.
Porque si hay un sonido que nos penetra es el de las aves de las aguas en el crepúsculo de una marisma. Cuando elevan su voz, es el corazón del hombre quien parece reclamar al horizonte de nubes rojas que una mañana volvamos a tener la caricia de un nuevo sol, como de una mano que nos ama, en la mejilla.